Me gusta aplastar. Dejarte sin aire, palpitante, expectante de mi siguiente movimiento. Rápida, silenciosa y con la boca rasgada por una sonrisa cínica, no llego a planear mi aventura. Me encanta, me deleito con tus estremiciemientos, y veo como los hilos caen tensos de mis dedos, sujetando las extremidades de tu ser. Ácida, el carácter me abstengo de controlarlo pues únicamente convertiría en misa a mi renaciente experimento. Soy polifacética, pero, por lo general, prefiero enmascararme con ironía, y, sí, sé actuar, engañando hasta al más doctorado. Convenzo. Me puedo convertir en reptil, en una serpiente, una víbora, arrastrarme por tus vertebras y enroscarme en tus caderas sin petición previa. Soy capaz de metamorfosearme en una diosa invisible, pero palpable, pues dejaré que llegues a mí, que me roces. Te advierto que intentarás engullirme, hacerme víctima, querrás que pida clemencia como una esclava vestida de sedas, atada por cadenas oxidadas. Pero yo no me rindo, soy altiva, sagaz, y aunque, magullada, me quedarán fuerzas y te rasgaré la espalda, la garganta a arañazos. Haré que te sumerjas en vapor, que te ahogues incapaz ya de hablar. Conseguiré que enloquezcas, sintiendo cómo revientas por dentro y te sujetarás la cabeza pues te darás cuenta cuando pierdas la cordura. Me voy a encargar personalmente de hacerte sufrir, y me aseguraré de que sientas que el hielo arde y te abrasa la piel resbalando rígido por ella mientras esta se te cae a tiras. Será tu renacer, y te dejará un sabor dulce. Finalmente, te puedo asegurar algo más, y es que llorarás el que no me quede más tiempo.

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