La ciudad se levantaba a nuestros pies infinita. Un color gris, nada homogéneo, cubría la inmensidad que nos rodeaba. Pero para mí sólo existía él. Sobrecogida por la vista que podía alcanzar desde aquella azotea, me sujeté a la baranda de piedra, más que nada, como autorreflejo, y me sumergí entre los incontables edificios.
Sigiloso, como siempre, se acercó a mí. Me abrazó desde detrás colocando su barbilla en mi hombro izquierdo, acompañándome en mi nado, como queriendo adivinar lo que veía. Desde que le conozco hace lo mismo, y nunca deja de ser tierno, como cuando un niño te mira sonríente con los ojos muy abiertos, pero sin ninguna razón en especial.
Giré la cabeza lentamente hasta que nos encontramos cara a cara. Nuestras manos se entrelazaron formando dos puños. Me rodeó completamente con sus brazos. Y, manteniendo la lentitud, nos fundímos en un beso cálido, esperado y, más que nada, eterno como todo lo que nos rodeaba.
A H., porque una noche de enero me di cuenta, a mi pesar, de que ese recuerdo jamás lo llegaríamos a tener

No hay comentarios:
Publicar un comentario