Corría por la calle oscura. Ya no se acordaba de lo que había ocurrido unos minutos antes. Una imagen le venía una y otra vez a la cabeza. Era ella, arrodillada, vomitando sobre unas plantas. Había mirado la hora, y llegaba tarde. Así que corría. ¡Qué absurda y patética! ¿Qué pensarán ahora de mí?
Y seguía corriendo, aunque las piernas le dolían y sentía punzadas, como si le hubieran pegado hasta hacerla explotar por dentro, ella, corría. ¡Qué sola! Las lágrimas se apelotonaban queriendo salir. Pero ella sólo corría, sin mirar atrás, sin entender nada, ya no veía, y había perdido la noción del tiempo, que sólo se guiaba con el compás de su respiración.
Ahora sólo podía correr.
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